Lo de ayer no sé cómo empezar a escribirlo sin que me entre la risa. De verdad, si tengo que destacar un día por divertido ése fue ayer. Aquí me ocurre muy a menudo una cosa muy curiosa, a lo mejor ya os lo he dicho alguna vez, y es que siempre que pienso que no me puede pasar nada más, me equivoco. Siempre pasa.
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Ayer nos despertamos en Namobuddha a las 5.30 de la mañana porque queríamos ir a la puya de las 6, en el edificio más impresionante, antes de que amaneciera. Lara, me acordé mucho de tí, lo que ví ahí dentro me dejó atontada un buen rato. Salimos de la habitación todavía dormidas, muertas de frío y medio vestidas medio en pijama, y fuimos siguiendo el sonido de la puya, que ya había empezado, hasta que encontramos una puerta con algunos zapatos fuera, por lo que nos imaginamos que estarían ahí dentro. Después de quitarnos nuestras botas abrimos la puerta y me quedé alucinada. No sólo porque habíamos entrado por una puerta que no era la principal y aparecimos en medio de repente, sino porque la oración de esa hora era de niños. Increíble. Todos igualitos, de unos 7 u 8 años (me imagino, no lo sé), cantando sus oraciones todos a la vez, impresionante. Estuvimos sentadas disfrutando de ese momento hasta que acabaron a las 7, y desayunando no dejábamos de decir lo que había merecido la pena el madrugón. No creo que vuelva a ver eso nunca, o a lo mejor sí, pero me pareció precioso, y me da igual si suena cursi o si puede parecer exagerado (en realidad siempre me ha dado igual, siempre he escrito como me va saliendo ya lo sabéis), pero todavía lo pienso y me encanta.
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Y después de desayunar con los monjes, recoger la mochila y despedirnos de Namobuddha, empezaba nuestra mañana de vuelta a Katmandú, con todo lo que nos pasó por el camino. Por curiosidad preguntamos cuánto costaba un taxi hasta casa, y al decirnos que eran unas 1700 rupias (son menos de 17 euros pero aquí es muuuucho dinero) decidimos volver en "transporte público", por menos de 50 céntimos. Ahora que ya ha pasado todo no sabéis lo que me alegro de haber decidido esta opción, porque es otra de las cosas que difícilmente voy a volver a experimentar.
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Nos bajamos andando hasta el cruce donde nos dejó el lechero el día anterior, porque ahí teníamos que coger un "autobús local" hasta Banepa, a unos 25 km. Cuando veáis las fotos entenderéis por qué le pongo comillas a todo lo relacionado con el "transporte público". Estuvimos esperando hasta las 9.15 tomando un té en una tiendecita en ese cruce, y cuando apareció el "autobús" lo primero de lo que nos acordamos fue del taxi que no habíamos querido coger. Llegó lleno de gente, las cabezas estampadas literalmente contra el cristal, y ahí no cabía un alfiler. El conductor al vernos con las mochilas sólo nos decía "Up, up", y miraba al techo. Así que no quedaba otra. Viajaríamos en el techo del "autobús". Primero conseguir subir nosotras, porque el primer "escalón" estaba más alto que mi cintura, y segundo poder subir las mochilas y las bolsas que llevábamos. Con un poco de ayuda, de repente estábamos en el techo de un "autobús" al que todo el mundo miraba desde abajo con cara de desconfianza. Al parecer había una rueda que no tenía buena pinta, pero no quedaba otra. Teníamos que llegar a Katmandú. Cuando "eso" arrancó y empezó a moverse por el camino de tierra lleno de baches y piedras, y con un precipicio a uno de los lados, tuvimos un momento de crisis, pero nos dio por reirnos y pensar que si nos pasaba algo, al menos habíamos sido muy felices hasta el último momento. Hubiera hecho millones de fotos desde ahí arriba, pero como os podéis imaginar, me faltaban manos para agarrarme y no caerme de ahí...
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Teníamos que esquivar las ramas de los árboles para no quedarnos sin cabeza, y por qué no decirlo, nuestros culos sufrían en todos y cada uno de los baches que pasábamos, es decir, todo el rato. Cuando decidimos empezar a disfrutar del paisaje (increíble, claro) y pensábamos que no podía pasarnos nada más, pues pasó. De repente el "autobús" se paró, y todo el mundo abajo. Habíamos pinchado la rueda que todo el mundo miraba desconfiado, y tenían que cambiarla. Baja otra vez tú, baja otra vez las mochilas, y todo esto muertas de risa. Hasta ahí habíamos hecho algunas paradas y la gente se había ido subiendo arriba con nosotras. Éramos ya 25 personas en el techo. Todos para abajo.
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Después de media horita, y con la rueda de repuesto, otra vez a subir. Con todo lo que eso conlleva, claro, mochilas, contorsionismo, estiramientos, y dolor de culo. Seguimos hacia Banepa, unas 50 personas abajo y otras 25 arriba, por caminos de cabras y riéndonos de la tensión acumulada. Ahora sí, nada más podía pasar. O sí. De nuevo el "autobús" se para, al cabo de 15 minutos, la rueda de repuesto no había solucionado nada y decidieron que pondrían de nuevo la que se había pinchado. Esto no lo entendí muy bien, simplemente lo ví. Esta vez nos hicimos las locas para no tener que volver a bajar, así que como vieron que no teníamos intención de hacerlo cambiaron la rueda con nosotras arriba. Tengo que decir que ni la primera vez ni ésta se bajaron las 50 personas que viajaban dentro del "autobús", por eso pensamos que no pasaba nada, total, dos personas más... Al ponerse en marcha de nuevo el "autobús", dos monjes que viajaban arriba decidieron quedarse ahí esperando a otro autobús porque, según nos dijeron, no se fiaban mucho de este cambio de rueda. Pero claro, cuando nos lo dijeron ya habíamos empezado a andar, así que sólo nos dió tiempo a pensar "bueno, que sea lo que tenga que ser"...
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Poco antes de llegar a Banepa, en Dulhikel, nos hicieron bajar de nuevo para meternos dentro del "autobús", porque según ellos ya "había sitio" al haberse bajado mucha gente allí. En fin, lo que ellos llaman sitio supuso hacer el resto del viaje de pie, entre mucha gente. Nos habíamos ganado un té y unas rosquillas, así que al bajar por fin en Banepa fuimos directamente a una tiendecita, en mitad del mercado, y al sol nos reíamos de ese trayecto que habíamos hecho. 25 km en más de dos horas. Ahora tocaba otro "autobús local" hasta Katmandú. Después de preguntar 20 veces un chico muy majo paró un "autobús" que pasaba y nos subimos dentro, sentadas!! Iba muy vacío, los primeros 5 minutos. En seguida otra parada y donde caben tres se sientan cinco. Aquí funcionan así.
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Otras dos horas a Katmandú, pero ya estábamos cerca! Un paso hasta casa y a partir de ahí una tarde de risas, y un homenaje que bien nos habíamos ganado las dos. Un concierto de música nepalí en una librería, con un té, y civilización otra vez... un día agotador pero muy muy muy divertido. Como el primer día pero de otra manera muy distinta, volví a pensar, al meterme en la cama, aquello de "hogar, dulce hogar"...
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1 comentario:
Pero tía, menudas historias, que divertido!!!, no sabes cuanto te envidio, Loro
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